“No creen en la inspiración ni comen luciérnagas,
ni en la farsa del humor, les gusta la poesía con tal que no suene,
no entran en comercio con los aplausos,
cumplen 70 años cada segundo y se ríen de los peces,
lo de los niños en probeta las hace bostezar,
los ejércitos gloriosos les parecen miserables,
odian los aforismos y el derramamiento,
son geómetras y en las orejas llevan aros de platino,
viven del ocio sagrado.”
Fragmento de En cuanto a la imaginación de las piedras de Gonzalo Rojas
¿Qué pensará una piedra de la IA? ¿Pueden acaso las piedras pensar si pueden hacerlo un montón de circuitos con algoritmos bien programados? ¿Qué universos se abren entre estos dos elementos aparentemente tan distantes? Según Gonzalo Rojas, las piedras “viven del ocio sagrado”, quizá por eso están siempre tiradas en el piso. Las piedras no tienen imaginación pero son utilizadas en todo tipo de construcciones como puentes, carreteras, muros y también pueden ser costosas joyas o armas peligrosas. Algunas piedras guardan la memoria del planeta y son tan antiguas que, si hablaran, probablemente nos enseñarían muchas cosas.
Uno podría pensar que no hay nada que aprender de una piedra y, en realidad, resulta que es todo lo contrario. ¿Con cuántas cosas nos pasa exactamente esto mismo? Cuántas veces descartamos lo que no se mueve, lo que no produce, lo que no responde a la velocidad que exigimos. Y sin embargo, allí, en esa aparente inmovilidad, hay un saber que no se deja apurar.
Quizás la piedra sea la gran disidente de este tiempo. No se conecta a redes, no optimiza procesos, no está pendiente de la última actualización. Vive. Está. Permanece. Su ocio es una forma casi sagrada de resistencia. Y ahí me pregunto: en esta era donde la inteligencia artificial puede hacerlo todo más rápido y más barato, ¿no sería nuestro rol recuperar un poco de esa quietud, de ese tiempo que no es un medio ni fin de producción?
Porque hacer menos no es rendirse. Es abrir espacio para pensar, para cuidar, para desplegar todo lo que no cabe en una hoja de cálculo. Es permitirnos ese “aburrimiento” fértil que inventa, que cuestiona, que sueña. Si dejamos que las máquinas corran, tal vez nuestro trabajo sea quedarnos quietos de vez en cuando, como piedras al sol, mirando pasar el río.
Esta nota no es una defensa romántica ni un manifiesto tecnófobo. Es apenas una pausa. Una rendija. Un lugar para decir: seguimos siendo necesarios. No por lo que producimos, sino por lo que no se puede automatizar. Nuestra fragilidad. Nuestra duda. Nuestra capacidad de demorarnos, de no saber qué hacer, de aburrirnos. Y desde ahí, de inventar otros futuros.
“Pues si todo el mundo disfrutara del ocio y la seguridad, la gran masa de personas que por lo general están embrutecidas por la pobreza terminarían cultivándose y aprendiendo a pensar por sí mismas; y, más tarde o más temprano, repararían en que dicha minoría privilegiada carecía de función y acabarían con ella. A largo plazo, una sociedad jerárquica solo era posible si se basaba en la pobreza y la ignorancia.”
George Orwell, 1984 (Parte 2, Sección 9)
“El tiempo es un juego que los niños juegan maravillosamente.”
Heráclito, Fragmentos
“No me gusta especialmente la palabra 'trabajo'. Los seres humanos son los únicos animales que tienen que trabajar, y creo que eso es lo más ridículo del mundo. Otros animales se ganan la vida viviendo, pero las personas trabajan como locas, pensando que deben hacerlo para sobrevivir. Cuanto más grande es el trabajo, mayor es el desafío, más maravilloso les parece. Sería bueno abandonar esa forma de pensar y vivir una vida fácil y cómoda con mucho tiempo libre. Creo que la forma en que viven los animales en los trópicos, saliendo por la mañana y por la noche para ver si hay algo que comer y echando una larga siesta por la tarde, debe ser una vida maravillosa. Para los seres humanos, una vida tan sencilla sería posible si uno trabajara para producir directamente sus necesidades diarias. En una vida así, el trabajo no es trabajo como la gente generalmente lo entiende, sino simplemente hacer lo que hay que hacer.”
Masanobu Fukuoka, La revolución de una brizna de paja
“Antes, antes de casarme o conocer a muchas mujeres, simplemente bajaba las persianas y me acostaba tres o cuatro días. Me levantaba a cagar. Me comía una lata de frijoles, volvía a la cama y me quedaba allí tres o cuatro días. Luego me vestía y salía a caminar; la luz del sol brillaba y los sonidos eran geniales. Me sentía poderoso, como una batería recargada. ¿Pero saben cuál fue la primera caída? El primer rostro humano que vi en la acera; perdí la mitad de mi energía allí mismo.”
Charles Bukowski, Sunlight Here I Am: Interviews and Encounters 1963-1993
“Si su trabajo les satisface, la gente no necesita ocio en el sentido tradicional. Nadie pregunta nunca qué hacían Newton o Darwin para relajarse, ni cómo pasaba Bach sus fines de semana. En Edén-Olimpia, el trabajo es el juego supremo, y el juego, el trabajo supremo.”
JG Ballard, Super-Cannes